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| Rómulo y Remo
Rubens, 1618 óleo sobre lienzo 210 x 212
Roma, Museo Capitolino.
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Dice la leyenda que Ascanio, hijo del héroe troyano Eneas (hijo de
Venus y de Anquises), habría fundado la ciudad de Alba Longa sobre la
orilla derecha del río Tíber. Sobre esta ciudad latina reinaron muchos
de sus descendientes hasta llegar a Numitor y a su hermano Amulio. Éste
destronó a Numitor y, para que no pudiese tener descendencia que le
disputase el trono, condenó a su hija, Rea Silvia, a ser sacerdotisa de
la diosa Vesta para que permaneciese virgen.
A pesar de ello, Marte, el dios de la guerra, engendró en Rea Silvia a los mellizos Rómulo y Remo.
Cuando éstos nacieron y para salvarlos fueron arrojados al Tíber dentro
de una canasta que encalló en la zona de las siete colinas situada
cerca de la desembocadura del Tíber, en el mar.
Una loba, llamada Luperca, se acercó a beber y les recogió y amamantó en su guarida del Monte Palatino
hasta que, finalmente, les encontró y rescató un pastor cuya mujer los
crió. Ya adultos, los mellizos repusieron a Numitor en el trono de Alba
Longa y fundaron, como colonia de ésta, una ciudad en la ribera derecha
del Tíber, en el lugar donde habían sido amamantados por la loba, para
ser sus Reyes.
Se dice que la loba que amamantó a Rómulo y Remo fue su madre adoptiva humana. El término loba, en latín lupa, también era utilizado, en sentido despectivo, para las prostitutas de la época.
La mañana del 21 de abril del año 753 a.C., Remo contemplaba
el limpio cielo primaveral desde la cima del Aventino cuando divisó seis
enormes buitres sobre su colina. Lleno de euforia, echó a correr hacia
Rómulo, para anunciarle su victoria. Sin embargo, en ese mismo instante,
una bandada de doce pájaros sobrevolaba el Palatino. Seguro de su
victoria, y sin esperar la llegada de su hermano, Rómulo cogió un arado y
comenzó a cavar el pomerium, el foso circular que fijaría el límite sagrado de la nueva ciudad, prometiendo dar muerte a quien osara atravesarlo.
Pero Remo, enojado por su derrota, lo cruzó desafiante de un salto. Obligado por el juramento que acababa de pronunciar, Rómulo dio muerte a su hermano, que fue el primero en pagar con su vida la violación de la frontera sagrada de Roma.
Esta leyenda encerraba para los romanos una halagüeña promesa: su ciudad sería perfecta y jamás tendría fin, como el foso que rodeaba el Palatino. Pero contenía también una oscura amenaza:
la sombra del fratricidio sobre la que estaba fundada planearía como
una maldición sobre Roma, en cuya historia abundaron los asesinatos y
las Guerras Civiles.

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